La diaria letanía de injusticias y sufrimiento humano parece debe llevarnos al convencimiento de que la mayoría de las tragedias causadas por el hombre son resultado de una sola deficiencia: la falta de piadosa responsabilidad moral. Esto quiere decir que nuestra moral debe señalarnos nuestras obligaciones para los demás como reflejo de lo que desearíamos para nosotros mismos. Pero ¿dónde están las fuerzas capaces de construir el mundo que deseamos? Creando una fuerza, una alianza para el bien. Así es la sabia observación de Martin Luther King: “Estamos ineludiblemente atrapados en una red de mutua dependencia, atados a la vestidura del destino. Lo que afecta de forma directa a uno de nosotros, afecta de manera indirecta a todos­­”. La consecuencia es que la fuerza para el bien se encuentra potencialmente en cada uno de nosotros, por eso, en la medida de nuestras posibilidades, podemos empezar a movernos en la dirección correcta. Cuando así no obramos, cedemos la plaza a la ira, que es una emoción destructiva. Nuestras emociones tienen un lado positivo, pero también lo tienen destructivo, y este virus, destructor del dominio de nuestras personas, necesita higiene emocional. De ahí la importancia de estar atentos a nuestros sentimientos, de valencias muy distintas. Por eso, un viaje a nuestro interior proporcionaría una inimaginable variedad de emociones, para el bien y para el mal, porque “dentro del hombre hay una guerra civil” (San Agustín), con el añadido de que “buenos amores hacen buenas conductas”. Por eso, si no buscamos adentro andaremos sin nada, “porque la voz de la verdad no caya nunca, no grita con los labios, pero susurra en el corazón. Aplica el oído”, ya que el hombre “busca solo lo que ama”, atestigua San Agustín. A partir de ahí nos convertimos en “hacedores de paz”, lo que proporciona un gran bien: canalizar positivamente la ira, conservando el gran valor de la compasión hacia los demás, que no excluye una indignación generadora de acciones positivas.

EMILIANO SANCHEZ.